Dos hermanos con ganas de volar con sus propias alas
Todo empieza con un deseo de libertad. Tras diez años como asalariados, mi hermano y yo decidimos establecernos por nuestra cuenta. Primero tomamos en gestión un pequeño bar, Le Loupio: trabajamos en él con tanto corazón que al cabo de un año lo compramos.
Siguen cinco buenos años al frente de L'Abrivado — un nombre muy camargués — también en gestión, hasta el día en que nos lo retiran. No importa: a partir de entonces queremos una casa propia.
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1999: Le Belvédère pasa a ser nuestro
En 1999 el sueño toma forma: compramos el negocio del Belvédère, frente al Mediterráneo. Unos años más tarde conseguimos incluso adquirir las paredes. La casa por fin es plenamente nuestra.
Desde el primer día, Le Belvédère se vive en familia: nuestros hijos, sobrinos y sobrinas crecieron entre la sala, la cocina y la terraza. Hoy, con la jubilación cerca, el relevo está asegurado — el establecimiento se reparte entre nuestras dos familias, nuestros hijos y los de mi hermano.

“Nuestro mayor orgullo es haber construido, con nuestras propias manos, un bonito establecimiento, y haber hecho de él un verdadero restaurante de familia: acogedor, generoso, donde simplemente nos gusta compartir y agasajar.”
— La famille du Belvédère
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